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MARTA SANTAMARIA

Tras la muerte de Marta, un amigo le escribió un breve mensaje que la describe a la perfección: «Bonita y mejor persona. Cada día pienso en ti. Mirando al cielo me ha parecido ver tu cara como siempre, con una sonrisa que no se acaba.»

Así era sin duda Marta, bonita por dentro y por fuera, excepcional persona, siempre alegre y dispuesta a ayudar a los demás. Ser así cuando la vida te sonríe tiene su mérito, pero seguir siéndolo cuando las cosas se tuercen, añadiendo además valentía, coraje, espíritu de lucha y una dignidad encomiable hasta el final, te convierte en un ser especial, en un ejemplo, en alguien a quien resulta imposible olvidar. Así fue Marta Santamaria y por eso hoy, quienes tuvieron la suerte de conocerla, e incluso los que no, aúnan esfuerzos y colaboran desinteresadamente en la beca que lleva su nombre.

Marta fue una niña alegre, responsable, estudiosa, deportista, una persona popular y querida que disfrutó de su infancia y juventud en Lleida. Más adelante se trasladó a Barcelona para estudiar su carrera de Económicas, y en esta ciudad empezó a trabajar y fijó su residencia.

Fue un día de San Jordi cuando confirmaron la noticia. A sus 35 años, tenía cáncer de mama. Su vida había cambiado radicalmente en tan sólo unos segundos. Marta nunca titubeó, desde el principio miró de frente a la enfermedad y, con el apoyo incondicional de su familia y amigos, la afrontó con valentía.

Cada situación complicada que le tocó vivir la afrontaba con más fuerza y entereza, si cabe, que la anterior. Cuando no podía más, cuando las fuerzas la abandonaban, cuando parecía que ya se rendía, sorprendía a todos con un nuevo empujón. Ni un solo segundo dejó de luchar: ella quería vivir e hizo lo imposible e intentó lo inimaginable para lograrlo.

En una ocasión Marta dijo: «Sólo espero que lo que me está pasando a mí no os pase nunca a vosotras.» Ese era el deseo de Marta, que ninguna de nosotras (ni ninguna otra mujer) tuviera que sufrir una situación como la suya. Por eso nació la BMS, para conseguir en la medida de lo posible que el deseo de Marta algún día pueda hacerse realidad.

Marta nos dejó y los que la queríamos aceptamos resignados haber perdido esa batalla, pero nos negamos a abandonar su lucha. Ella no lo hizo nunca a lo largo de su enfermedad. «Vale, a seguir luchando», fueron sus palabras ante las últimas y definitivas malas noticias.

Ese era el espíritu de Marta, y ese es el espíritu de la BMS: continuar luchando, luchando por la esperanza de que algún día nadie pierda a una hija, hermana, nieta, tía, prima, sobrina, esposa, compañera o amiga del alma por culpa del cáncer de mama.

No sabemos si en nuestras manos está el lograrlo, pero sí el intentarlo y, consigamos lo que consigamos, por pequeño que sea nuestro logro, Marta nos lo agradecerá seguro, sonriendo desde el cielo.